TORRE DE MARFIL

Vampirismo y porfiria

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Félix Fojo, MD
Ex Profesor de la Cátedra de Cirugía
de la Universidad de La Habana
ffojo@homeorthopedics.com
felixfojo@gmail.com

Aunque la reelaboración de la mitología de los vampiros −seres supuestamente muertos que se nutren de la esencia vital de otros seres para continuar viviendo− ha sido un regalo económico de gran magnitud para la literatura y, sobre todo, para el cine de Hollywood, lo cierto es que el vampirismo como mito, y también como historia, llega hasta nosotros desde los mismos albores de la civilización humana.

Los utukku de Mesopotamia; Lilith, la verdadera primera mujer del Adán bíblico; la diosa egipcia Sejmet; los Jiang Shi de la China antigua; la diosa Lamia de los griegos; los larvae romanos; los ghuls árabes; el Camazotz maya; las guaxas asturianas; el islandés Thorolf y los Breane escoceses, entre muchos otros, han sido todos vampiros mitológicos que abrieron el camino para los un poco más recientes Gilles de Rais, Vlad Tepes (Drácula), la Condesa Elizabeth Báthory y Henry Fitzroy, todos personajes históricos con existencias bien documentadas.

Aceptemos entonces, con muchas reservas, que han existido vampiros. En ese caso, ¿hay una explicación científica para el vampirismo? Quizás sí. Desde mediados del siglo XVIII hasta la fecha, se han invocado diversas formulaciones científicas, principalmente médicas, para intentar explicar la conversión de un ser humano normal en un vampiro. Escritores, filósofos, naturalistas y médicos como el Conde de Buffon, Voltaire, Gerard van Swieten, Carl Jung y muchos otros avanzaron algunas teorías que achacaban el vampirismo a las epidemias de peste, a la rabia transmitida por murciélagos, a las anemias ferropénicas por desnutrición, al carbunco, a las psicosis y esquizofrenias, a ciertas parafilias y a la porfiria, entre otras. Esta última ha sido la explicación que nos parece más interesante y más cercana en sus signos y síntomas a las características clásicas atribuidas a los vampiros. Hoy sabemos que dos tipos de porfirias –la porfiria eritropoyética congénita, denominada enfermedad de Gunther, y la protoporfiria eritropoyética por déficit de uroporfirinógeno sintetasa– son las que comparten los signos y síntomas clínicos que pueden remedar las descripciones literarias y cinematográficas del vampirismo.

Quede claro que el cuadro clínico que describimos a continuación no siempre aparece completo y puede tener menor o mayor gravedad de acuerdo a cada caso:

  • Palidez cutánea, a veces cerúlea, propia de la anemia;
  • Delgadez de la piel que ocasiona sangrados puntuales y lesiones por contacto o rascado;
  • Eritrodontia (dientes rojizos) por depósito de las porfirinas en la dentina;
  • Pica, con preferencia por la sangre de animales, y quizás de humanos;
  • Cambios oculares a causa de los depósitos de porfirinas: conjuntivitis crónica, ectropión y diversas cicatrices corneales;
  • Daño óseo (osteopenias y acroosteolisis) y de los cartílagos causantes de deformidades y contracturas que en extremos pueden semejar la facies vampírica: marcada exposición de los dientes, orificios nasales marcados, pómulos salientes y orejas puntiagudas;
  • Fotosensibilidad exagerada que, a su vez, produce lesiones actínicas en la cara y las manos, y un rechazo total a la luz del sol por parte del paciente;
  • Hirsutismo e hipertricosis reactiva en diversas partes del cuerpo, incluyendo las palmas de las manos;
  • Intolerancia al ajo, probablemente producida por el posible daño del disulfuro de alilo, contenido en el vegetal, al grupo Hem;
  • Orina rojiza u oscura;
  • Trastornos del sueño;
  • Disociación emocional y mental con trastornos severos de personalidad y de sociabilidad; y
  • Prevalencia familiar de la enfermedad.

Con esto basta. Pongamos a un lado la porfiria. ¿No parece toda la sintomatología anterior una descripción bastante cercana del Drácula de Bram Stoker, el Lestat de Anne Rice, el Nosferatu de Mornau o el Edward Cullen de la saga Crepúsculo? A mí sí me lo parece.

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