SALUD MENTAL

La rabia

Miguel González Manrique, MD

La rabia (gradación extrema de la ira) es la más convulsa y desagradable entre todas las emociones, es ese intenso e insostenible sentimiento que nos acompaña silencioso, que se oculta entre nosotros mismos y cuya última aparición y expresión en nuestra persona no queremos recordar, pues nos cegó y nos quemó por dentro.

¿Dónde se originó? ¿Ella se desarrolla o se nace con ella? ¿Es un instinto, como dijo Freud, o es una respuesta social aprendida, como pensaba Rousseau? Observamos la rabia temprano en la infancia, cuando no tenemos “voz”, expresada en rabietas porque necesitamos cariño, comer y dormir. La sentimos también en las cicatrices que deja el vivir y que siguen doliendo y se reabren entre tiempos, sobre todo cuando invaden recuerdos de atropellos a la persona, a su autoestima, al honor, al orgullo de su ser, porque sí, porque se es y eso es todo y lo único que nos pertenece, que es aquello a lo que llamamos dignidad –hoy en día palabra casi en desuso y muy poco valorada y respetada–.

La rabia llega inadvertida, intempestiva, lo toma a uno de súbito, en asalto, sin que se la pueda evadir. Hija de la frustración, del abuso y de la impotencia ante la muerte y del sufrimiento de los seres amados que fueron desgarrados del propio Yo, de uno mismo, porque eran nuestra propia carne. Se apodera del espíritu y de la voluntad en quienes sí, en un descuido, le abren la puerta al odio, al asco, a la repulsión y a la venganza, desatando así la vorágine incontrolable de la agresión, la violencia y la destrucción. Porque el odio tiene más fuerza que el amor, y ciega. Entonces es cuando andan sueltas entre la multitud Las Furias, esas deidades míticas de la venganza “a quienes solo Atenea podría transformar en las protectoras de la justicia, persiguiendo la impunidad y restableciendo el orden perdido entre las ruinas del dolor y del sufrimiento”.

El individuo expresa sus emociones y se comporta diferente cuando pertenece a una masa y a una muchedumbre (S. Freud, 1921).1 Diluido su Yo en el de la masa, pierde sus atributos civilizados adquiriendo la impulsividad, la violencia, la ferocidad y los heroísmos de los seres primitivos, y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente. A su vez, el inconsciente se rige por los procesos primarios del pensamiento, aquellos que se manifiestan en la infancia, la psicosis, los sueños, el juego, la magia, los símbolos y los rituales. El pensamiento primario es amoral, impulsivo, emotivo, errático, sin finalidad práctica ni altruista y busca la gratificación inmediata.

Ese Yo regresivo y diluido usa mecanismos de defensa primitivos como son la condensación, el desplazamiento y la escisión o “splitting”, separando a la gente entre buenos y malos. El Superyó queda anulado e imposibilitado de cumplir su función represiva moral y racional, apoyada por la culpa y representativa de la sociedad civilizada.

La masa sigue a un caudillo sin cuestionamiento, es un dócil rebaño sin voluntad propia e incapaz de prescindir de su líder en la toma de decisiones. Su narrativa es concreta, abreviada en imágenes, eslóganes y cánticos repetitivos, suficientes para invocar un solo y común sentimiento con el cual todos se identifican y justifican una misma acción. Las emociones compartidas unen y validan la heterogeneidad de sus ideas aun cuando estas sean erradas o equivocadas. Actúan guiados por la ilusión, la pasión y la euforia. Buscan gratificar sus impulsos sin contradicciones, conflictos morales ni remordimientos. Solo necesitan una misma motivación, un enemigo o ídolo común y que se intensifiquen y contagien las emociones. En la multitud, las emociones son tanto reacciones y respuestas a la realidad como a lo imaginado y temido. Alcanzan su máxima intensidad reforzadas por la sensación de poder ilimitado y la grandiosidad que le ofrece el colectivo, quien a su vez silencia la conciencia individual y permite la más despiadada crueldad.

¿Y quién tiene más rabia? ¿El que suelta a los perros viciosos o el que reacciona ante ellos? ¿Es la misma rabia? Independiente de su causalidad, la rabia se expresa igual, en su totalidad, sin moderación ni términos medios. Es un derroche de energía y acción. Es manifestación de vitalidad, fuerza y pasión extrema; solo así se agota y cumple su función evolutiva.

Defendiendo sus propias razones para vivir, el que reacciona obvia el riesgo y supera el temor al dolor y a la muerte. Necesita transformar el amor en odio para ejercer la venganza, la cual, al ejecutarla, reconoce que el castigo nunca es suficiente para saciarla. La venganza no deshace el agravio ni restituye la pérdida. Es la reacción ante la pérdida dolorosa y la impotencia. A partir de ese momento desaparecen las motivaciones, los valores y los principios. Estos «ponen su vida en juego”. Un juego donde ganar es jugar y no hacerlo es perder. Y aun cuando lo hagan como sacrificio, lo hacen para que su acción genere algo mayor, por encima de su vida profana y su impotente y cotidiana existencia; algo sagrado. Solo así se lanzan al vacío. A eso le llaman valor, único antídoto contra el miedo y el mayor atributo de los héroes.

La historia del hombre es una historia de guerras. Ya pasada la rabia, volverán a sus menesteres cotidianos, pero con una profunda tristeza en sus miradas y un rictus permanente de clausura en sus bocas. Se perdió lo amado, se perdió la alegría y se ganó el odio tal vez para siempre. Si retornara el amor, ¿acaso no sobrevendrá la culpa y la vergüenza una y otra vez por la restante vida y la de sus hijos? Se manifestará en tantas formas, desde las más sutiles y compulsivas lavadas de manos, las pesadillas más tortuosas y horripilantes hasta desear la propia muerte. Dirán, al igual que Aquiles le responde a Ulises en la Odisea: “preferiría labrar la tierra como jornalero, ser un hombre necesitado, sin patrimonio ni bienestar propio, a reinar sobre la muchedumbre desesperanzada de los muertos”.2

Referencias

  1. Freud S. Psicología de las Masas. Obras completas. Vol. 1, pp.1029-1144. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid.1967.
  2. Odisea, xi, pp. 484-491.
El grotesco personaje pintado por Francis Bacon (1909-1992) está encerrado y amarrado a su soledad en tormentoso suplicio, donde nadie escucha su grito ni reconoce su deforme rostro, borrado y consumido por la desesperación y la rabia. Está en su trono sujeto a la inacción, a la inmovilidad; incapaz de realizarse y liberarse a través del poder que ostentaba. Quedó reducido a la impotencia, sin autoestima y sin libertad para escoger ni siquiera su propia muerte. (Francis Bacon, 1909-1992. “Cabeza VI”, 1949, -Inspirada en el retrato de Inocencio X de Diego Velázquez. Óleo sobre lienzo, 93.2 cm × 76.5 cm. Arts Council collection, Hayward Gallery, Londres)